RUTA de ALFONSO XI (ONCENO)
Geoparque Villuercas Ibores-Jara Senderismo Trips

RUTA de ALFONSO XI (ONCENO)

Preciosa ruta que recorre enclaves de alto valor geológico del Geoparque Villuercas Ibores-Jara. Un paraje originado hace millones de años en el Paleozoico y que nos ha dejado un terreno con desniveles bien representados con los sinclinales y anticlinales dormando hermosos valles y crestas que se quedarán grabados en nuestras retinas.
El Rey Alfonso XI (siglo XIV) frecuentaba este sendero en sus monterías a la caza del oso, de ahí toma el nombre el trazado.

 

 
 

Nos encontramos en Guadalupe, en el Geoparque Villuercas Íbores Jara perteneciente a la comunidad de Extremadura.
Amanecemos en esta localidad después de haber realizado la preciosa ruta de Isabel la Católica, que nos dejó un bello y antiguo camino real que los Reyes Católicos tomaban para ir al Monasterio de Guadalupe, obra que volvemos a admirar de nuevo antes de partir hacia nuestro próximo reto.
 

Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe
Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe
 
Si queréis saber más sobre esta ruta, su historia y el Monasterio no dudéis en visualizar el post que preparamos sobre nuestro paso por ella RUTA de ISABEL la CATÓLICA.
 
Mientras tanto, vamos a ir dejando atrás esta localidad sin perder de vista el hito histórico que ha movido miles de peregrinaciones durante cientos de años y que aún hoy día se siguen practicando.
 
 
No os vamos a engañar, la Ruta de Alfonso Onceno empieza fuerte, con unas buenas rampas que te espabilan rápidamente. Para coger aire, bien se puede aprovechar el contemplar las estampas que nos deja el amanecer sobre la urbe mientras vamos ganando altura.
 
Guadalupe
Guadalupe

Y llegamos al primer desvío señalizado de la ruta.
 

Desvío a la "Ruta de Alfonso Onceno"
Desvío a la “Ruta de Alfonso Onceno”

Nosotros haremos algo más de 18 km por culpa de un despiste. Y es que esta ruta está cargada de bellos entornos que fácilmente pueden hacerte pasar de largo alguna que otra señalización.
Por este primer desvío tomamos rumbo dirección a la Sierra de Altamira, flanqueando un valle que forman los arroyos Barranco del Barquillo y Águila. Estamos transitando lugares conocidos como “Arca del Nuevo” y “La Serradilla”, donde el terreno en depresión lo aprovechan algunas propiedades para el cultivo del olivo y en el que sus habitantes no parecen recibir mal nuestro paso.
 

 
Desde aquí se puede divisar perfectamente el altozano de las serranías de las Acebadillas, Hocico o Sancho, y el Collado de la Era del Pico Agudo, monte que transitamos en el sendero de Isabel la Católica para llegar a Guadalupe.

Este hito se contempla mejor cuando el trazado se orienta al oeste, aunque el terreno ondulado nos esconde el Valle del Río de Guadalupejo que tanto disfrutamos.

Las faldas de estos montes se tiñen de espectaculares colores otoñales, como los que se nos ofrecen en las inmediaciones de la Sierra de Altamira, que ahora transitamos. Esta sierra sobrepasa los mil metros de altitud con los cerros de la Brama y el Pozuelo que dejaremos a nuestra derecha.
 

 
Lamentablemente la viveza de este colorido tiene que lidiar en ocasiones con tonalidades que muchas veces son provocadas por la mano del hombre. Nos referimos a los matices de la ceniza y el carbón, síntomas de los incendios que asolan nuestro país cada año y tanto daño causan a diferentes escalas.
 
 
Es inevitable no sobrecogerse ante el contraste por el cual circulamos.

Echando la vista atrás, Guadalupe queda ya bajo nuestra mirada, en un momento en el que hemos acumulado algo más de 200 metros de ascenso con 4 kilómetros de recorrido.

Vamos pisando una pista paralela a la carretera EX-118, la cual posee una buena señalización atestiguando que nos encontramos en uno de los itinerarios oficiales para llegar a Guadalupe.

No tardaremos muchos metros en conectar con esta carretera, que tendremos que cruzar para alcanzar el siguiente punto de interés: la Ermita del Humilladero.
 

 
Esta capilla fue construida en el siglo XV para que los cautivos y peregrinos que tomaban este itinerario para llegar a Guadalupe, pudiesen venerar a su Virgen al divisar por primera vez desde aquí el Santuario que la albergaba y que hoy día todavía alberga. Miguel de Cervantes fue uno de estos peregrinos que dejó aquí sus grilletes de cautivo en Turquía.
 
 
Este templo de factoría gótico-mudéjar es de planta cuadrada, con fachadas idénticas en todas sus caras y compuestas de arcos ojivales con doble arquivolta con parteluces unidos por arcos trilobulados. Las arquivoltas descansan en capiteles con figuras que parecen mirarnos con simpatía.
El exterior está restaurado con estuco pero debió tener el mismo aspecto que el interior, donde se aprecia el ladrillo aplantillado típico de construcciones mudéjares. La bóveda es de crucería culminada con una clave que contiene el escudo del Reino de Castilla.

Destaca aquí la rica decoración en ménsulas y capiteles, con representaciones de ángeles músicos, caras y figuras antropomórficas, entre otras.

En medio de la planta, una cruz a la que poder arrodillarse para realizar los rezos.
 

 
Desde este punto se inicia un itinerario geológico de alto valor que tendremos oportunidad de atravesar.
 
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Este sendero comienza su trazado paralelo al valle por el que discurre el Arroyo del Águila, dejando a nuestra izquierda el Cerro Horadado cuya orografía irá ascendiendo hasta formarse el Collado del Pozo de la Nieve.

El firme pavimentado, en cambio, nos dirige a una pista de tierra cuya frondosidad está protagonizada por un manto de pinares.
 

 
A este paraje se le conoce con el nombre de Arcas de Noé en el que pronto superaremos los 1000 metros de altitud, que bien los refrendan nuevas panorámicas a Guadalupe en los claros que nos permite el trazado.
 
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El Arroyo del Águila nace muy cerca de aquí, así que es fácil que estos pinares estén salpicados por algunos ejemplares de árboles de ribera.
 

 
Otras magníficas vistas nos muestran la Sierra de Altamira, en la que logramos adivinar la Ermita del Humilladero que hemos visitado hace unos minutos.
 
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Después de tomar un poco de aire, continuamos siguiendo la señalización del sendero GR-117. En este punto el perfil baja un poco su exigencia, pero no deja de requerir su esfuerzo.

La ruta nos introduce ahora por un bosque de robles, decididos en esta época del año a deshacerse su indumentaria para vestir el firme que pisamos.
 

 
Dirección norte se van descubriendo los inicios del valle que recorre el Río Ibor y los riscos de la Sierra de Viejas, que tendremos que salvar por el Collado de la Arena. Mientras llegamos allí disfrutamos de este agradable paseo por un paraje al que se le conoce con el nombre de Llanillo Hueco.
Si estamos atentos, es fácil percatarse de cuáles son las zonas de más umbría que encontramos en este sendero. El musgo revela este detalle y nos resulta simpático como algunas piedras parecen estar forradas como un cojín y los troncos parecen llevar calcetines.
 
 
Hay que alimentarse sí, y también estar atentos a las señalizaciones.
Seguimos avanzando entre robledales que asoman al Valle del Río Ibor, afrontando unos últimos 400 metros de ascenso con pendientes entre el 10 y 15% de inclinación, antes de culminar la primera de las subidas del día.
 
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Vamos a desembocar en el Collado de la Arena, pero antes es obligatorio echar la vista atrás y contemplar las espectaculares vistas que logramos con la altura.
 

 
Desde aquí, advertimos el valle del Río Ibor y la Sierra de Guadalupe y ya podemos empezar a observar claramente la morfología que ha hecho famoso al Geoparque de las Villuercas. Es un relieve de tipo apalachense, formado en el período Paleozoico, hace ya la friolera de más de 400 millones de años, y se compone de plegamientos orientados paralelamente en dirección noroeste con crestas en las que predomina la roca de granito, las cuarcitas o las pizarras, entre otros materiales.
 
Anticlinal del Ibor-Guadalupe
Anticlinal del Ibor-Guadalupe

El anticlinal que ahora observamos es el del Ibor-Guadalupe con las crestas de la Sierra del Hospital del Obispo jalonando el valle y adivinándose en el horizonte las cumbres de la Sierra de Gredos.
Llegados al Collado de la Arena nos recibe el imponente Pico la Villuerca, de 1600 metros de altura y que aloja en su cumbre un centro de transmisiones.
 

 
El sendero nos dirige ahora al siguiente hito geoturístico: el Sinclinal del Viejas. Descendemos suavemente hacia un pequeño promontorio compuesto sobre todo por cuarcita, y desde donde obtendremos buenas panorámicas del entorno que han creado estos plegamientos. Aquí os dejamos un vídeo de nuestra llegada a este sinclinal.
 
 
 
A nuestra derecha la Sierra de Viejas; a la izquierda, el Valle del Pozo finalizando en la Sierra de las Acebadillas, con el pico Cancho Quebrado al fondo, que da inicio a la Sierra de la Tejadilla. Detrás nuestro, el Collado del Pozo de la Nieve, desde donde cae el Río Viejas.
 
 
Tenemos que retomar la marcha para continuar descendiendo por este frondoso valle.
 
 
En un principio, el trazado serpentea unos metros para situarnos definitivamente dirección noroeste, paralelos al río Viejas. No es una bajada cómoda, ya que predomina la piedra suelta que obligará a que prestemos atención a tobillos y rodillas. También la espesura de la vegetación en algunos tramos impide una visión clara del trazado, así que los traspiés pueden ser frecuentes.
 
 
La belleza del entorno merece el esfuerzo de superar estas dificultades. Conforme avanzamos la Sierra de las Acebadillas nos acerca sus imponentes crestas de formas dentadas.
 
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Las características del plegamiento de este relieve ha permitido una rica y variada vegetación concebida por un clima lleno de contrastes entre las cumbres más expuestas al sol y las correspondientes a las zonas de umbría de los encajonados ríos.

El Collado de Ballesteros dará paso a la unión entre el Valle del Pozo y el de Viejas, siendo este último el que terminará por dominar este paraje. Un entorno jalonado también los riscos correspondientes a los de la Sierra de Viejas, en nuestro flanco derecho.
 

 
No deja de maravillarnos la variedad de formas y tonalidades de la naturaleza. Entre las formas, encontramos también las pedreras, cuya formación probablemente surgió fruto de las glaciaciones y heladas que con los años fracturaron la piedra creando estos cantos rodados, muchos de ellos caídos de las alturas.
 
 
Nos vamos acercando a las orillas del río Viejas, y esta circunstancia aumenta poco a poco la vegetación de ribera. Ejemplares de encinas, alcornoques, quejigos y castaños conviven con alisos, fresnos y otra especie muy particular de esta zona, los pequeños árboles llamados loros.
Llama la atención cómo en este lugar de complicado acceso a vehículos encontremos esta vivienda rústica. Pero conforme avanzamos por el sendero, comprendemos a los propietarios de la morada, que quizá quedaron prendados por la rebosante vida del ecosistema.
 
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Rezumaderos y pequeñas corrientes alimentan el paso del Río Viejas donde la presencia de helechales delatan la humedad del entorno y la cercanía del caudal.
Es tal la frondosidad que resulta inevitable echar la vista al suelo para adivinar el dibujo de la senda.
Pronto llegamos al cruce del Río Viejas, que salvamos por un pequeño paso de madera bastante estable.
 

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Ya desde la otra orilla se observan mejor los riscos y pedreras de la Sierra de Viejas.
 

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El musgo y el liquen adornan tronco y roca, y son representativos de la calidad del aire que aquí se respira.
Remontamos el Valle de Vieja con preciosas vistas de este sinclinal. A nuestra izquierda presidiendo la sierra de las Acebadillas, asoma el risco del Collado de Cancho Quebrado alcanzado una cota de 1410 metros de altitud.
 

 
Pronto conectaremos con una pista acondicionada al paso de peatones y vehículos, y aquí tenemos que estar muy atentos a las señales, porque nada más dar con esta pista hay un nuevo desvío a la izquierda que continúa en ascenso. Que no os pase como a nosotros que nos dejamos hipnotizar por este cómodo y colorido tramo de castaños durante 800 metros. Distancia que tuvimos que recorrer de vuelta para volver a conectar con el camino correcto.
Pero bueno, ya que lo hicimos os lo mostramos.
 
 
Así que todos los metros erróneos recorridos los contemplamos ahora desde arriba, conforme vamos ascendiendo. Estamos afrontando la segunda gran subida de la jornada, en la que acumularemos unos 250 metros de ascenso en aproximadamente 2,5 kilómetros. Algunas pendientes superan el 20% de inclinación, así que tenemos que emplearnos a fondo.
 
Ascenso al Collado de los Ajos
Ascenso al Collado de los Ajos

Robles, castaños y vegetación silvestre siguen dominando un recorrido que antaño estuvo bajo las profundidades del mar, algunos fósiles encontrados son pruebas de ello. El caso es que lo que hace millones de años era una planicie, ahora luce como un terreno abrupto lleno de desniveles que permiten exquisitas estampas para los amantes de la naturaleza y la geología.
 

 
Las pedreras interrumpen la frondosidad del follage, y para seguir avanzando con relativa comodidad, la mano del hombre ha tenido que trazar el dibujo entre los cantos rodados.
La altura ya casi nos va situando al mismo nivel de las cotas de la Sierra de Viejas, donde sus cumbres empiezan a dejar asomarnos a su flanco noroeste.
 
Vistas de la Sierra de Viejas
Vistas de la Sierra de Viejas

Estamos surcando la ladera del Collado de Cancho Quebrado donde los recodos del trazado nos enfilan momentáneamente hacia sus riscos, pero rápidamente nos cambian de dirección hacia el Collado de los Ajos. Son los últimos metros por el fantástico Sinclinal del Viejas y su espectacular valle, pero las Villuercas todavía tiene que seguir sorprendiéndonos en este día.
 

 

Collado de los Ajos
Collado de los Ajos

La Sierra de las Acebadillas se divide en dos, cuyo brazo oriental pasa a ser la Sierra de la Tejadilla, formando un nuevo valle por el que discurre el arroyo que lleva su nombre.
 

Sierra de las Acebadillas y de la Tejadilla
Sierra de las Acebadillas y de la Tejadilla
 
La jara, el rebollar o el brezo pueblan estas latitudes por el llamado Camino de Guadalupe, con zonas de umbría evidentes en la cara norte del risco de Carpinteros que ahora frecuentamos.
 
 
Nuevas pedreras y bosques de melojares nos van introduciendo poco a poco en el Anticlinal del Río Almonte, que poco a poco se nos va descubriendo conforme alcanzamos el Collado de la Pariera. Impresionantes vistas apalachenses que vuelven a ser prueba física del alto valor geológico de las Villuercas.
 
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Un cartel nos señala los dos últimos kilómetros hasta nuestro destino: Navezuelas. Localidad enclavada en la ladera del valle que crea el paso del Río Almonte. El recorrido que nos resta será todo en sentido descendente acompañándonos en todo momento al oeste las crestas de las Sierras del Local y de la Ortijuela. Un plegamiento correspondiente ya al Sinclinal de Santa Lucía.
 

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Mientras descendemos es fácil dejarse atrapar por el manto de hoja caducifolia que cubre todo este paraje, perteneciente en su mayoría a los bosques de castaños. Y es que Navezuelas encuentra en esta especie una parte importante en su economía.
 
Valle del Río Almonte
Valle del Río Almonte
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Cualquier espacio que permite la espesura es un bonito balcón para deleitarse. Pero tampoco tiene desperdicio la paleta de color que nos acompaña en el trazado.
 

 
Casi sin darnos cuenta los tejados de la localidad ya se ponen a nuestra altura y poco después empezamos a introducimos en sus primeras calles, comenzando por la muy apropiada Calle las Villuercas.
 
Llegando a Navezuelas
Llegando a Navezuelas
Llegando a Navezuelas
Llegando a Navezuelas

Aquí finalizaremos esta jornada, en busca de un sitio en el que almorzar. Pero antes, nos sorprende la Iglesia dedicada a Santiago Apostol, construida en el siglo XVI a base de mampostería. Este templo es prueba evidente del paso de la Orden de Santiago por Navezuelas.
 

Iglesia de Santiago
Iglesia de Santiago
 
Nosotros damos prueba de nuestro paso con las imágenes de este vídeo que esperamos os hayan gustado.
Hasta la próxima!
 
 
 

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