2 CADES – CABAÑES
Camino Lebaniego Trips

2 CADES – CABAÑES

Es la Etapa Reina de este Camino Lebaniego, apelativo que nos da bastantes pistas del nivel de la misma. Verdes valles, preciosos desfiladeros, naturaleza y vida desbordantes, pintorescas localidades y un valioso patrimonio cultura y artístico serán las gratificantes recompensas que obtengamos al ir superando las tres exigentes subidas que nos esperan. Todo un reto para lo físico, pero también para los sentidos.

 


Salimos de albergue dándonos de bruces con la Ferrería de Cades, un valioso complejo del siglo XVIII, hoy rehabilitado para su visita, que permitía el aprovechamiento hidráulico para convertir el hierro en metal. Nosotros no tuvimos tiempo de conocerlo, las horas tempranas y los kilómetros que nos esperaban nos lo impidieron.
Comenzamos tomando la vía CA-856 dirección a Quintanilla acompañados por el murmullo incesante del Río Nansa. Poblaciones vecinas como Rábago parecen no despertar con esta melodía narcótica que te obliga a dejarte llevar por el curso de este valle.
 
 
El río confluye en el Embalse de Palombera, un hito que podremos escudriñar bien desde el mirador que le da nombre a la presa. Aquí, también descansa el Río Lamasón o Tanea, un caudal que será el que nos acompañe ahora en nuestro ascenso por la ladera de la Sierra de la Collada.
 
Embalse de Palombera

También el ganado presente nos corteja en ocasiones, aunque sea en forma de público, ya que parece más interesado en vernos pasar que en tomar el desayuno.
 

Prados con ganado

El río zigzaguea en su descenso, unas veces se muestra y otras se esconde entre los desfiladeros y la vegetación y cuando esto último ocurre, nos gusta entretenernos en buscar su curso. Otro aliciente más a este agradable paseo llenos de bonitas estampas.

Muy pronto, la aparición frecuente de algunas casas diseminadas en el entorno nos anuncian las cercanías del lugar conocido como Venta Fresnedo, pequeña población que atravesamos rápidamente. Próxima a esta localidad, hay una cueva llamada de los Marranos la cual contiene restos rupestres de interés.
 

 
Nosotros seguimos la dirección que nos marca el asfalto en un suave ascenso por la Sierra de Arria. El trayecto se encajona ahora todavía más entre los desfiladeros los cuales van definiendo el dibujo del impetuoso Río Lamasón por la accidentada orografía del terreno.
 
 
Nuestro ritmo pausado permite a otros peregrinos darnos caza. Y es que veces resulta inevitable parar ante algunos detalles, como este caer del agua que albergan los macizos que nos rodean.
Las actividades agrícolas y ganaderas son algunos de los principales motores económicos del lugar. Observando el entorno, es fácil comprender que antiguamente existieran numerosos molinos en la zona que aprovechaban el río para dedicarse a moler algunos productos agrícolas, como el maíz.

Realizados los 7 primeros kilómetros de travesía nos acercamos a una encrucijada importante en la que tendremos que decidir qué opción tomar. La bifurcación la encontramos al finalizar la carretera CA-856, en el puente que se dirige hacia Quintanilla.
 

Encrucijada

La decisión vendrá motivada sobre todo por la falta de servicios en los próximos kilómetros y el avituallamiento que llevemos encima.

Los que lleven suficientes provisiones pueden evitar llegar a Quintanilla y dirigirse directamente a Sobrelapeña, que dista muy cerquita de nosotros. Prueba de ello es la presencia de su Iglesia de Santa María de Lamasón, que corona un alto.
 

Iglesia de Santa María de Lamasón coronando el alto

Este templo fue construido en el siglo XII, periodo del que conserva algunos elementos de factura románica. Posteriormente el edificio ha sufrido restauraciones en los siglos XVI y XVII.
Aunque tomar esta variante requiere alargar la etapa un par de kilómetros, tenemos que decir que merece la pena. El paisaje es regocijante, lleno de color y momentos entrañables. Un lugar que parece sacado de un cuento, donde todo y todos parecen vivir en armonía.
 

 
Con todo, tenemos que volver a la realidad y solucionar el problema de la comida, que bien lo hacemos en un supermercado.

Reemprendemos la marcha regresando unos metros por donde habíamos venido hasta dar con una pista a la izquierda que nos llevará directos a Sobrelapeña, cruzando de nuevo al margen derecho del Lamasón.
 

Quintanillas
 
La Iglesia de Santa María nos da el último vistazo antes de adentrarnos en su localidad, que quizá deba su nombre al colocarse el templo en el alto del cerro. Con todo, Sobrelapeña es la capital del municipio del Lamasón y aparte de su bien ubicada iglesia, su otro gran atractivo es el Arroyo de Lafuente, que atraviesa la urbe bajando desde la población de su mismo nombre, lugar en el que nace y al que nos dirigimos a continuación.
 
Macizo de Arria

El trayecto hacia Lafuente lo hacemos por la hermosa carretera CA-282. A nuestra izquierda navega el arroyo y, a la derecha, contemplamos el imponente Macizo de Arria. Ingredientes que se aderezan todavía más con imágenes llenas de ternura.

La vegetación de ribera jalona el curso de la corriente que se abre paso entre verdes y floreados prados. Recrearnos la vista con la generosidad de este valle es una buena forma de contrarrestar el esfuerzo. No dejamos de ascender, y los poco más de dos kilómetros que separan Sobrelapeña de Lafuente tienen una pendiente algo más pronunciada que los ya realizados en la etapa, y eso se nota.

Este panel enunciativo nos introduce en una población que alberga entre sus edificios una joya arquitectónica declarada Bien de Interés Cultural en el año 1983. Se trata de la Iglesia de Santa Juliana, que nos recibe de inicio con su ábside semicircular, un elemento construido a base de sillería. En él cabe destacar las columnas, los particulares canecillos bajo la cornisa y las impostas decoradas con motivos ajedrezados.
 

 
El edificio, construido en el siglo XII es de una sola nave, de muros de mampostería y a pesar de su sencillez y tamaño, su portada destaca sobre el resto. La fachada se remata con una espadaña con doble campanario.

En la parte sur se abre otra puerta algo más sencilla y se añaden unos rudimentarios bancos de piedra en los sentarse a contemplar las vistas del valle.
Nosotros debemos continuar y lo hacemos con la presencia de otros peregrinos.

Abandonamos la carretera CA-282 para tomar a la derecha una vía secundaria. A partir de aquí afrontamos la primera de las tres grandes subidas de la jornada. Esta en concreto son 4 kilómetros con pendientes que oscilan entre valores del 11 y el 18 de porcentaje hasta el Collado de la Hoz.
 

Subida al Collado de la Hoz

Basta recorrer unos pocos metros para darnos cuenta cómo ganamos altitud rápidamente.

Pronto, llegamos al pequeño poblado de Burió donde en el año 2017 levantaron una pequeña capilla en honor a su Patrona, Santa Eulalia.
El asfalto llega a su fin para pasar a una pista cimentada. Puede que las pendientes que hay a la salida de Burió sean las más duras de este tramo, pero menos mal que encontramos buenas excusas para tomar aire.
Las piernas duelen sí, pero estas estampas las alivian.
La altitud nos va ofreciendo cada vez más, mejores perspectivas de la magnitud del Valle de Lamasón. Desde aquí pueden llegar a divisarse Sobrelapeña y Quintanilla al fondo, poblaciones que parecen que visitamos hace una eternidad.
 

 
Este carril de hormigón pronto llegará a su fin, su destino es volver a conectarnos con la carretera CA-282, pero lo hará despidiéndose con una exigente cuesta.

Nos encontramos ya en el Collado de la Hoz, a 663 metros de altitud, atravesando un bonito paraje cubierto por un manto de brañas salpicadas de invernales y con el Macizo de Arria como telón de fondo.
 

Invernales en el Collado de la Hoz
Invernales en el Collado de la Hoz

Abandonamos el asfalto para tomar una pista de tierra que comienza en ascenso pero que pronto enfilará la bajada hasta Cicera, localidad objetivo para tomar el almuerzo.
Ante nosotros se abre un nuevo y fascinante panorama de cumbres montañosas, buen momento para acordarnos de un bonito obsequio que nos hicieron llegar para este camino.
Frente a nosotros resalta sobremanera el gran macizo calizo al fondo que conforma el Desfiladero de la Hermida, precedido por el Monte de Santa Catalina, donde hay un estupendo mirador para contemplarlo.
 

 
Algunas zonas húmedas entorpecen algo el paso aunque muy pronto daremos con las verdes laderas en las que se encuentra Cicera, localidad ya perteneciente al Municipio de Peñarrubia, a las puertas de la garganta del Río Deva.
 
Cicera

Desde aquí, el Desfiladero de la Hermida parece haber abierto en dos las entrañas de la tierra para alzarse con autoridad en el paisaje.
Cicera es un sitio inmejorable para realizar una parada y disfrutar de un marco natural incomparable. Y eso haremos nosotros.
Muy cerca de su acogedor albergue, se encuentra el restaurante, del que ya esperábamos cerrado, pero tiene un espacio ajardinado con bonitas vistas que utilizamos reponer fuerzas.
 

 
Antes de abandonar Cicera, nos acercamos a su Iglesia de San Pedro. Este templo fue construido entre el siglo XVII y XVIII con piedra de mampostería y sillares y es de estilo barroco montañés.
Llama la atención su entrada, con un arco formado en cajas y un frontón triangular. No tuvimos suerte de ver su interior, que alberga un retablo churrigueresco del siglo XVII.
 
 
Continuamos la marcha para cruzar el Río Cicera, cuyas aguas se aprovechaban para los tres molinos harineros con los que contaba esta población en el siglo XIX. Estas ruedas de molienda dan fe de la pasada presencia de estos edificios.
 
Río Cicera
 
Iniciamos el segundo plato fuerte del día que nos conducirá al Collado Berés. De entrada, la pendiente es suave ofreciéndonos bonitas imágenes de las verdes laderas que caen al río.
 
 
En algunos detalles vemos la intervención de la mano del hombre para acondicionar la senda, aunque son los menos, ya que con acierto se prefiere guardar la autenticidad de su trazado.

Poco a poco la pendiente se va endureciendo y vamos ganando altura. Algunos tramos van describiendo un zigzagueo para salvar las zonas más comprometidas . La presencia de los picos de las Puertas y Agero a nuestra derecha es sobrecogedora, desde luego la verticalidad del terreno no nos deja indiferente, el enclave es casi hipnótico y digo casi porque sabemos que hay una caída importante y no podemos perder de vista el sendero.
 

 
Al poco, nos introducimos en una bonita zona emboscada entre hayas y robles, donde el verde musgo en troncos y superficies rocosas deja al descubierto la fuerte humedad del lugar. Es un paso algo más incómodo y exigente, algunas rocas y la presencia de barro nos obligará a emplear un poco de pericia.
Pero bueno, nos encanta que la naturaleza se abra camino y se exprese tal y como es, de lo contrario no podríamos disfrutar de lo que nos ofrece.
A esta subida, se la conoce también como “Canal de Francos” y afrontamos ahora su parte más dura, con pendientes de hasta el 28% que con barro añadido incrementan su dificultad.
 
 
Tendremos que llegar hasta casi 840 m de cota máxima, pero antes hay un pequeño rellano donde tomar aire y que nos brinda espectaculares vistas de los picos de Europa, precedido por su Macizo Oriental, y el precioso valle donde Lebeña parece querer esconderse a nuestra vista.
 
Collado de Berés

El camino vuelve a ascender, pero esta vez de una forma más suave y firme menos sufrido, aunque las piernas ya duelen un poco. Quizá sintamos un poco de envidia de las cabras montesas que por aquí habitan, seres ya acostumbrados al entorno.
En casi 3 kilómetros desde que salimos de Cicera, hemos ascendido unos 380 metros de altitud. Estamos ladeando el Monte conocido como Mesa Sin Pan en dirección al Collado de Arceón, al que no llegaremos ya que muy pronto, comenzaremos a realizar el descenso hasta Lebeña.
 

Collado de Berés

La bajada es un tendido paseo de 4 kilómetros por el valle de Lebeña, teniendo siempre de referencia las impresionantes vistas de los picos, donde podemos dar un vistazo rápido del terreno que nos queda por delante.
Desde el Collado de Arceón bajan las aguas que forman el Río Maderes, que unas veces respetan nuestro paso y otras hay que sorterarlas. El destino de este río es descansar poco después en el Río Deva, en pleno Desfiladero de la Hermida.
 

Señalización improvisada

Conforme nos vamos acercando, el paisaje se va definiendo un poco más ante nuestra vista, y los picos nevados del la Pelea, Sagrado Corazón y Samelar de más de 2000 metros de altura, al fondo, aunque quedan ya un poco fuera de nuestro alcance, sí que sirven de carta de presentación del Parque Nacional.
Aprovechamos la bajada para aligerar el paso y recuperar así algo de tiempo ya que el chico encargado del albergue de Cabañes se interesó por nuestra marcha y no queríamos llegar muy tarde.

El camino va cambiando de dirección para ir suavizando algunas pendientes pero a nuestra izquierda siempre iremos dejando otra inmensa mole caliza conocida como Peña la Ventosa.

Pronto alcanzaríamos los Invernales de Lebeña, muy cerca de su localidad, donde recompondríamos un poco el cuerpo después de esta acumulación de kilómetros.
Alicientes como el Pico del Valle, con 705 m de altitud, alivian un poco las penurias de dolencias corporles. A ello, hay que sumarle otros estímulos, como algunas flechas improvisadas, o tener ya a la vista la torre y tejados de Santa María de Lebeña.

Y por supuesto, seguir disfrutando de la espectacularidad de este paraje.
 

Lebeña en el interior del valle

Conforme nos acercamos a Lebeña, vamos sintiendo a nuestra izquierda el correr del agua del Arroyo de los Casares. Pero una vez entrada en la población tendremos que salvarlo por un puente para dejarlo a nuestra derecha.
El Cueto Agero se impone en el horizonte cobijando Lebeña y su tesoro arquitectónico, la Iglesia de Santa María de Lebeña, la cual se va mostrando con timidez en un marco incomparable.
 

Iglesia de Santa María de Lebeña

Este templo declarado Monumento Nacional en el año 1893 es un buen ejemplo del arte prerrománico en España. Según se cita en un documento los Condes de Liébana mandaron construir esta iglesia en el siglo X alrededor del año 925, con la intención de trasladar allí los restos de Santo Toribio. Pero esta ubicación no era del agrado del Santo, lo que provocó una ceguera temporal en los Condes de Liébana, que terminó cuando los restos fueron trasladados al Monasterio de Santo Toribio.
 

 
La Iglesia es de estilo mozárabe, con muros construidos en mompostería aunque con sillares en las esquinas. Su planta tiene forma de cruz griega, de la que sobresalen tres ábsides muy del estilo asturiano. Nos llaman la atención los modillones decorados con rosetas y esvásticas enrolladas sobre los que se postran las cubiertas. Esta decoración es muy del estilo visigodo, al igual que las cenefas, que describen motivos vegetales. Sus ventanas, muy estrechas, dejan pasar hilos de luz a un interior al que no tuvimos acceso y que guarda preciosos pilares y arcos de herradura de estilo mozárabe.

El pórtico sur fue añadido en el siglo XVIII al igual que una de sus sacristías.
Finalmente, su torre fue levantada a finales del siglo XIX en estilo neo-mozárabe y está exenta de la Iglesia.

Después de este artístico paréntesis llega el momento de afrontar la última parte de la etapa.

Un trechito se inicia circulando por el margen izquierdo del Río Deva por la carretera CA-880, aunque metros más tarde tendremos que cruzar al otro flanco que va por la N-621.

A partir de aquí encaramos la tercera y última gran subida de la jornada. Los primeros 500 metros de un total de 2 km y medio nos conducirán a la localidad de Allende por rampas que pueden llegar hasta el 19 % de inclinación. Toca sufrir de nuevo, pero el enclave lo merece, las crestas del Agero nos transmiten solidez y captamos el mensaje para continua con paso firme.
En Allende hay una alternativa de llegada a Cabañes por el río Rubejo, pero nosotros continuaremos pueblo arriba para seguir dándole alegría a las piernas y también alegría al espíritu, ya que en cualquier rincón puede haber detalles que te saquen una sonrisa.
 

 
Salimos de Allende y giramos a la izquierda encarando la dura ladera del Monte la Prada. Aquí la inclinación de la pendiente puede llegar al 22% y en estos momentos de etapa, ya se empiezan a atragantar.
 
Fuerte subida

Con un desnivel tan fuerte, es fácil ganar altura con rapidez. Lebeña queda ya a escala de maqueta y nuevos horizontes se abren ante nosotros. Entre el Pico Aliago y el Cotanillo hay un estupendo mirador a la cordillera cantábrica y sus picos nevados.
 

Mirador a la Cordillera Cantábrica

Unos metros más y completamos el ascenso. Estamos terminando de enfilar la ladera del Monte de la Prada, en cuya parte inferior corre el Río Rubejo. A este río se le añadirán las aguas de este arroyo, de las Conchas, que baja con brío desde el Macizo de Ciruenzo.
Este macizo no pasará inadvertido, ya que es el que cobija a la localidad de Cabañes en donde por fin comenzamos a introducirnos. Por suerte uno de los primeros edificios que encontramos es el Albergue que sorprende por su exquisita ubicación.
 

 
Un lugar idílico para un merecedor descanso. Mañana pondríamos fin a nuestro Camino Lebaniego y teníamos que estar enteros para su gratificante final. Hasta la próxima.
 
Vistas desde el Albergue de Cabañes

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